23 de diciembre de 2008

Dry Martini

-Joder –dijo Justino-. Ya vuelve a llover.

Lucho sacudió la cabeza. Los ingleses tenían un dicho: “si no te gusta el tiempo en Inglaterra, espera 10 minutos”. También era aplicable a Tesavia. Odiaba y amaba a esa ciudad a partes iguales. No sabía por qué. Era elegante, antigua, orgullosa, y a la vez sucia, mezquina y depravada. Era como una puta encantadora a la que nunca le puedes dar la espalda por si te raja el cuello y se larga con la pasta. Era, en fin, Tesavia. Microcosmos. Sólo definible por sí misma.

Pasaron junto a la iglesia de Sagrado Socorro justo a la hora en la que daban las doce y los maricas empezaban a darse el lote en la penumbra de sus puertas.

-Pibe, ¿qué hago? ¿Llamo a Marcos? Es tarde.

-Da igual, Marcos siempre está disponible, no te preocupes.

Dio tres tonos. Marcos le contestó mientras Justino frenaba en seco para no arrollar a un repartidor de pizza.

-¡Tu reputísima madre! ¿Eh? No, no, Marcos, no era a vos. El hacker no abrió la boca. Lo hemos dejado que se lo piense hasta mañana, ¿sí?

Al otro lado del teléfono no hubo respuesta. Lucho podía oír la voz de Marcos hablando con alguien más. Sonaba preocupado.

-¿Marcos? ¿Pasó algo? ¿Marcos?

Doblaron por la avenida de la Constitución. Unos metros más allá el pizzero se había enzarzado a hostias con un taxista después de haberle arrancado la puerta del taxi de cuajo. Santo Dios, pensó Lucho, sólo en Tesavia.

-¡Marcos! –Finalmente contestaron al otro lado-. ¿Pasó qué? Joder… ¿Nos necesitás? ¿Seguro? Está bien, está bien. Mañana cuando acabemos con el hacker vamos para allá. Chao.

-¿Qué coño ha pasado?

-Vos no te lo vas a creer. Han secuestrado al jefe.

El chirrido de lo frenos resonó por toda la avenida. Incluso el taxista dejó de patearle el hígado al pizzero durante un segundo y miró a ver qué había pasado.

-¡Cagoendios, Justino! ¿Querés conducir con cuidado?

-¿Cómo que has secuestrado al Jefe? ¿A Claudio?

-Eso parece. Pero ya está solucionado. Mauricio se ocupa.

-¿Pero quién? ¿Por qué?

-¡Y yo qué sé boludo! ¿Vos te crees que se iban a molestar en contarme la película? Sólo me dijo “está todo solucionado, vení mañana cuando acabéis con el hacker”.

Justino se quedó mirándole, incrédulo. Su pequeña mente estaba acostumbrada a estructurar de forma piramidal la realidad. En su visión del mundo, la cima la ocupaba el Dios Claudio, inaccesible, ultraterreno. Debajo, moviéndose a una escala mucho más humana, estaba Marcos, debajo Mauricio, Lucho y él, y debajo el resto del mundo, sobre el que ellos pisaban. Pensar que algo malo había podido ocurrirle a la cima, hacía tambalearse toda su cosmología.

-Joder, joder, joder. Me cago en la puta. Necesito un trago.

-Venga pues, arrancá. Y conducí con cuidado. Sólo nos falta que nos pare la policía.

Lucho estuvo el resto del camino en silencio, sumido en sus pensamientos. Aquello cambiaba las cosas. No tenía ni idea de qué carajo había pasado, pero seguro que a partir de ahora las cosas se iban a poner duras de verdad. Fuera quien fuera el que lo había secuestrado, podía considerarse condenado a muerte. Conociendo un poco al jefe, seguro que ya estaba planeando su venganza. Quizá no fuera el momento de arriesgarse por un poco de pasta.

Y sin embargo ese informático cabrón, había sabido calarle muy bien, el hijo de puta. Treinta o cuarenta mil, había dicho. Eso era bastante tela. Y al fin y al cabo, nadie iba a salir perjudicado. El tipo nos da unos nombres falsos, se le suelta, y en quince días, cuando se comprueben los nombres falsos, se vuelve a ir a por él. Probablemente ni siquiera eso. Con el líder del grupo muerto, y el segundo de a bordo, aterrorizado, la organización está deshecha. Seguro que no vuelven ni a acercarse a una sucursal del Banco del Norte.

El Yellow Dog estaba bastante tranquilo. Sólo los habituales. Las chicas ni se acercaron. Ya sabían que para Justino la partida es sagrada, y ni siquiera el sexo se antepone a ello. Tendrían una oportunidad después, siempre que no le fuera muy mal. En cuanto a Lucho, la mayoría de ellas había desistido. Era guapo, joven, apuesto y totalmente indiferente a sus encantos. Algunas ya empezaban a insinuar que era marica, siempre por supuesto, a sus espaldas.

Los dos hombres se acodaron en la barra. Johnnie Walker para Justino, Dry Martini para Lucho. Le gustaba pensar que era lo que bebía James Bond, a pesar de que nunca lograba recordar si agitado o removido, pero maldita la falta que le hacía. A veces le gustaba imaginarse montado en uno de esos zeppelines, camino de Paris, o Roma o donde coño fueran, seduciendo a una femme fatale mientras bebía pequeños sorbos de su Martini.

Qué hostias. Lo iba a hacer. Y con la pasta iba a cumplir su sueño. O al menos uno de ellos. Uno de los pequeños, en cualquier caso. Daría un viaje en zeppelín, y se codearía con la gente guapa de la ciudad. Con los ricos a los que había tenido que aguantar tantas veces cuando llegó a Tesavia ocho años antes y tuvo que trabajar en el club de golf. Ahora podría montarse en uno de esos cacharros y mirarlos de igual a igual. Y decir. Sí, acá estoy. El muchacho de la cafetería del club. Y soy tan bueno como ustedes. Seduciría a sus hijas y a sus esposas y les humillaría en la mesa de juegos. Sí. Qué dulce y poética venganza…

Suspiró. Aquellos delirios de grandeza acabarían con él algún día. Pero la decisión estaba tomada. Necesitaba un poco de emoción en su vida. Y una pequeña traición era indiscutiblemente emocionante. Bueno, quizá la palabra no era emocionante, sino peligrosa, y quizá algún día podía ser la semana que viene, pero tanto daba. Había que quemar las naves, y en eso Lucho era un jodido experto.

-Joder, Justino. Hoy es martes.

-Miércoles. Son las doce y media.

-Le prometí a mi mamá que hoy la llamaba. Es su cumpleaños, ¿sabés?

-Bueno, pues llámala. ¿Qué hora es allí?

-No, prefiero irme a casa. Así llamo a mi hermano por internet y puedo hablar más rato y gratis.

-No jodas, Lucho, que hay partida.

-Jugála sin mí. Yo me voy a casa. Además mañana seguro que tenemos mucho laburo. Y yo le prometí a mi madre que la llamaba.

-Venga ya, que le den a tu madre. Llámala más tarde.

Lucho le miró fijamente con sus ojos verdes. Después en un rápido movimiento, agarró a Justino del cuello de la camisa y lo atrajo hacia sí.

-Escucháme bien, Justino. Como volvás a faltarle al respeto a mi madre te vuelo los huevos. ¿Entendiste?

Durante un segundo, Justino se perdió lo que había pasado por la sorpresa. Cuando su mente acabó de procesar los acontecimientos, miró hacia abajo, hacia la mano que le sostenía la pechera. Después miró al mentón de Lucho, y por último a sus ojos.

-Está bien… perdona, hombre. Tampoco te pongas así.

-Bien.

Una hora y dos partidas de mus más tarde, Justino tenía 200 euros menos y una dosis considerable de mala hostia corriéndole por las venas. Lucho no tenía ningún derecho a ponerse así, joder, y menos a dejarle allí colgado. Había tenido que hacer pareja con el subnormal de Jandro, que no era capaz de encontrarse el culo con un mapa. El puto argentino de los cojones. Hay que joderse. Son como los gallegos, cada poco les entra la puta morriña y hala, a llamar a casa a su puta mamaíta.

-¡Me cago en su puta madre! –Blasfemó cuando le jodieron un dúplex.

Su puta madre… se había metido con ella cientos de veces y… ¡Joder! ¡Se había cagado en ella cientos de veces y nunca había pasado nada! Pensó en Lucho, en su expresión cuando se le encaró. Le había visto enfadado muchas veces, y allí había tensión, pero no enfado, no había rabia. Le había mentido. El hijoputa. ¿Qué se traería entre manos?