26 de enero de 2009

Litros de alcohol

Litros de alcohol, corren por mis venas, mujer. No tengo problemas de amor. Lo que me pasa es que estoy loco por privar.

Los altavoces del club berreaban a todo trapo cuando Aguirre entró tambaleándose. El Yellow Dog era sin lugar a dudas su segundo sitio más favorito del mundo. Mucho más que cualquier otro puticlub, mucho más que... bueno, mucho más que todo en general. Sólo superado por la guerra. Aunque eso no era un sitio, sino una especie de status quo de algunos lugares.

Maldición, aún era capaz de recordar palabras como status quo. Se acercó a la barra. Una de las chicas, Carmen, o Jennifer, o algo así, se le acercó.

-Hola, ¿me invitarías a una copa?

-Lo siento, encanto, pero vengo pelao. O te invito, o te echo un polvo. Tu decides.

Tres cuartos de hora más tarde, Aguirre soñaba, desnudo en una de las camas de arriba. Eran las 6 de la mañana y estaban a punto de cerrar. El ser cliente habitual le había ganado el derecho a usar la cama hasta que terminaran de hacer caja.

Llevaba un regalo en la mano. No sabía qué era, y se moría por abrirlo, pero no podía. No había tiempo. Llovían balas desde el tejado. Se dejó caer en una trinchera, y abrió los ojos en el portal de su ex. Era 1994. No sabría decir por qué, pero estaba clarísimo que era 1994. Pero ya tenían al crío. Claro. El crío. Era su cumpleaños. El crío lo miró con esos ojos asustadizos con los que los niños miran a los extraños. “Soy papá” dijo. El crío miró lo que había dentro del regalo. Luego salió corriendo y lo tiró debajo de un tanque israelí, tapizado con pañuelos palestinos. Luego el crío volvió y le trajo un M-16. Aguirre balbuceó algo que no alcanzó a comprender, y lo guardó en su mochila del colegio. Luego se dió la vuelta y echó a correr. Si llegaba tarde, el padre Ramos lo castigaría. Su mujer le gritó, pero tenía la voz de su madre: “¿Cuánto tiempo hace que no visitas a tu hermano?” Luego entró en una calle de Bagdad llena de cadáveres que le susurraban “siempre huyendo” “siempre dando la espalda a quien te quiere”. El rugido ensordecedor del mar tapó las voces de los muertos. Estaba frente a un acantilado. Buscó su cámara de fotos debajo de una piedra verde fosforescente, donde también había un par de rollos de película: “los diez mandamientos”, con Charlton Heston. Miró hacia el mar, donde las aguas se enroscaban formando un ojo. Algo le atacó por detrás. Era un puma con una máscara negra de cuero. Llevaba tatuado en el lomo dos iniciales: V.O. Rodaron colina abajo. Y cayeron al mar. Pero el puma ya no era un puma, sino una enorme ballena negra que le engulló, arrastrándole hacia el fondo, hacia la oscuridad. Más y más profundo.

Abrió los ojos. Medio segundo más tarde los volvió a cerrar. Todo le daba vueltas. Aún estaba borracho.

-Bueno guapo. Es hora de largarse.

-¿Que... hora es?

-Las siete.

-Mierda.

Se levantó y se vistió como pudo, mientras el alcohol terminaba de reventar su cerebro. Y era miércoles, joder. Había que currar. Y llevaba menos de quince días en el curro. Y por primera vez en su vida, necesitaba el curro. Se miró en el espejo. Estaba gordo, borracho y sudado. Tenía ojeras que parecían moratones. Su pelo era una especie de matorral grasiento. Barba de dos días. Se había convertido en la grotesca imagen del fracaso. Corrió a vomitar.

El aire frío de la mañana vino a confirmar a su mente atontada, que aquello era otro puñetero día real, en el mundo real, en el que habría que comportarse como una persona real. Deseó estar en el infierno.

19 de enero de 2009

Apocalipsis 9.21

Apocalipsis 9.21

No se convirtieron de sus asesinatos ni de sus hechicerías ni de sus fornicaciones ni de sus rapiñas.

Aguirre releía pensativo aquel capítulo. El quinto y el sexto ángel del apocalipsis. El tormento y el exterminio de los hombres. Y su ausencia de contricción. Se preguntó qué coño habría querido decir con eso. Era un matiz totalmente nuevo y desconcertante.

Durante los últimos 3 meses había investigado a fondo acerca del Vengador Oscuro. Empezaba a obsesionarle. Aquella mezcla entre mística y mesiánica que parecía presidir sus acciones le producía una fascinación mórbida. Podría apostar que era exactamente lo mismo que impulsaba a un terrorista suicida... un cóctel compuesto de grandes dosis de autorrealización, unas gotas de sed de venganza, y una terror patológico hacia Dios. Pero este caso era aún más aterrador. Cualquier idiota desesperado es capaz de atarse una bomba al cuerpo y... ¡bum! Pero en los actos del Vengador había una premeditación meticulosa, una persistencia obsesiva. Su caza de brujas duraba ya al menos 9 años, con al menos 10 cadáveres a sus espaldas, y siempre de forma metódica, sin dejar rastro, sin el más mínimo error. Era desapasionado y metódico. Practicaba el ritual de la muerte como si de una obligación moral se tratara.

No se convirtieron de sus asesinatos...

Era una clara referencia a la víctima, el Chino. Proxeneta, estafador. Estaba a la espera de juicio por el presunto asesinato de una de sus chicas. Aunque según el Vengador, de “presunto” tenía poco. Nadie había visto nada, a pesar de que esa plaza suele ser bastante concurrida a esa hora de la noche. Sólo algunos yonquis impenitentes afirmaban haber visto a “un tio de negro hablando con el Chino un rato antes”

No se convirtieron...

¿Acaso hay posibilidad de convertirse? ¿Le habría dado el Vengador la posibilidad de arrepentirse? Aquello era tremendamente novedoso. Una fisura, una grieta. Tal vez un punto por donde meter la palanca y abrir la lata. Últimamente Aguirre se estaba bloqueando un poco con el libro. Esto abría una puerta a la ficción, permitiría humanizar un poco más al personaje. Maldita la hora en que se le ocurrió mandar el trabajo al cuerno y dedicarse a escribir un libro de investigación sobre el Vengador.

Revisó sus notas a la busca y captura de algo que permitiera agarrarse a la hipótesis de la redención. Eso podría significar que no era implacable, después de todo. No todo estaba bien o mal. Había posibilidad de cambiar, de devolver al redil las ovejas descarriadas. Había una forma de eludir la justicia divina a través del arrepentimiento. Por lo visto el Chino no lo vio así. Y el peso de la espada de Dios cayó sobre él por manos del Vengador. Fantástico. Tenía que apuntar esa frase para el libro.

Miró el reloj. Aún era pronto. Por la mañana apenas había podido hablan con Emilio, así que había quedado en invitarle a comer para que le contara todos los detalles, aunque aún no sabía de dónde coño iba a sacar el dinero. Cosas de no tener curro. El pequeño angelito de su cabeza gritaba desde alguna parte que era inmoral explotar la confianza de Emilio para sacar información para su libro, pero por mucho que llevara un año y medio en dique seco, Aguirre seguía siendo un periodista de guerra, y la moral era una de esas muchas cosas que nunca debe interponerse en el camino hacia una buena información. Además, como le dijo el compadre Fuentes, en la guerra todo vale y no hay amigos. Se lo dijo después de robarle la cámara de fotos y dejarle tirado en una cuneta a 13 kilómetros de Basora. Al día siguiente todos los periódicos del país sacaron en portada las fotos de Aguirre, pero firmadas por Fuentes. No le guardaba rencor por ello. Dos días más tarde pagó a un policía Iraquí para que le disparara a Fuentes en una rodilla “por error”. No le acertó en la rodilla, pero le rompió la tibia y le obligó a estar 2 meses de baja. Dos meses lejos de la guerra y odiando a Aguirre con toda su alma. Cuando volvió, se tomaron una botella de vodka entre los dos, y totalmente borrachos, decidieron hacer borrón y cuenta nueva. El compadre Fuentes. Cómo echaba de menos a ese cabrón.

Se encendió un cigarro. No pudo evitar pensar que tanto Fuentes como él, serían perfectos candidatos para el Vengador. Aunque a decir verdad, estar muerto le solucionaría muchos problemas. Para empezar, dejaría de picarle la conciencia por aprovecharse de Emilio. Aunque, bueno, técnicamente no se aprovechaba de él. Sólo estaba usando la vieja amistad que les unió durante la infancia para quedar regularmente con él, y que le pusiera al día de las investigaciones. Por pura curiosidad. Sin mencionar que era para un libro, claro. Y por supuesto, sin mencionar que era periodista. Para Emilio era Aguirre el contable. Y a pesar de su absoluta falta de escrúpulos, él no podía dejar de pensar que aquello no estaba bien. Aunque le importara un carajo.

Sus pensamientos volvieron a San Juan, al apocalipsis y a la esperanza de la salvación. Trató de ver el significado de todo. Si el vengador dio al Chino la posibilidad de arrepentirse, y éste no lo hizo, no había salvación posible para él, y su muerte le condenaba al infierno. Por otro lado estaba muy claro que el vengador era un firme candidato a inquisidor general, y que todo su mundo se construía sobre la necesidad del castigo. La verdad es que no era de extrañar, con esa biblia que no hace más que hablar de las cien mil putadas que les hace Dios a los que no viven como él dice. Además, qué coño, se llamaba el Vengador Oscuro por algo.

En realidad, el nombre se lo dio la prensa cuando se cargó a la primera víctima que se le reconoce. El violador del Puerto, a quien se atribuían más de 20 agresiones sexuales, y que traía loca a la policía desde hacía varios meses. El 30 de Abril de 1999, mientras intentaba violar a su vigesimo primera víctima, una “figura alta y fuerte” totalmente vestida de negro, le atacó por detrás y le degolló. En aquellos días era casi un héroe. Por eso le bautizaron con ese nombre de superhéroe que él inexplicablemente aceptó. Ese era otro de los puntos oscuros que fascinaban a Aguirre.

Suspiró. Se estaba enredando. Cada vez se enredaba más. Todo era, cada vez más, una puta red sin salida. Se frotó los ojos. Casi instintivamente fué a la cocina y abrió el armario de la despensa. Nada. Allí no había nada, claro. Miró con los ojos vidriados el cubo de basura repleto de botellas vacías. Cualquiera diría que se alimentaba de Vodka. Pero no era cierto. También comía hamburguesas. De vez en cuando. En la nevera tampoco había cervezas. Rebuscó por toda la casa algo con alcohol que hubiera sobrevivido al holocausto de la última semana. En el cuarto de baño había un poco del de las heridas. Olisqueó el bote pensativo. No, hombre, eso no. Era caer demasiado bajo. Se arrojó sobre el sofá. No debería haber dejado la terapia. Pero total, su mujer ya le había dejado, su vida a estaba jodida, así que, ¿qué mas daba? Pensó en el alcohol del baño. ¿Sabría demasiado mal? No debería haber dejado la terapia. Ahora se arrepentía.

Arrepentirse o no arrepentirse. Esa es la cuestión. Si el Chino se hubiera arrepentido, ¿le habría perdonado la vida? Miró la biblia que había sobre su mesa. No probablemente no. Le habría matado igual. Aunque así quizá no habría ido al infierno y habría podido eludir el castigo. Pero eso no habría sido lógico. El castigo es necesario. El sacrificio y la muerte son necesarios para lavar los pecados. Cristo lo dejó bien claro.

-Me cago en la puta de oros.

Joder. Joder. ¡Coño! Había estado allí desde el principio. No se trataba de una venganza, no se trataba de un castigo, sino de un jodido acto de purificación. Los instaba a arrepentirse y los mataba, y daba igual que se arrepintieran o no, porque la sangre limpia y purifica. Era una forma puñeteramente retorcida de salvar almas. Volvió unas cuantas páginas atrás la biblia. Apocalipsis 5.9. Y cantan un cántico nuevo diciendo: "Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación”. Practica un acto ritual de salvación, de apocalipsis, de revelación. Lo hace para salvar sus almas... para entregarle a Dios un cordero degollado.

Era absolutamente lógico. Enfermizo, pero lúcido y coherente. Ahora que lo comprendía, Aguirre no pudo reprimir una carcajada. El Vengador había pasado de ser un misántropo perturbado a ser un filántropo perturbado. Y la gracia estaba en que desde su perspectiva, si querías de verdad a la humanidad, lo mejor que podías hacer por ella era exterminarla.

Aguirre no podía estar más de acuerdo.

31 de diciembre de 2008

La caída de Tessos

[...] Al norte de esa vasta región, en la confluencia de ambos ríos, Limes y Asterio entre sí y con el mar, sobre un promontorio, se alza la urbe de Tesavia edificada en el año quatrecentesimo quarto ad urbe conditas* bajo el consulado de Marco Laetio. Proveedora de hierro, pescados y arcillas de toda la provincia, es hoy una de las ciudades más ricas y prósperas de la República. [...]

Tesavia se construyó sobre las ruinas de la antigua Tessos celta, aldea dedicada principalmente al comercio de pescados con los pueblos bárbaros del norte[...]

Hasta Tessos llegaron, huyendo los celtas rebeldes alzados en armas contra el gobierno del cónsul Pomponio Livio. Siendo Tessos un lugar sagrado para aquellos pueblos, donde moraban algunos sabios que estudiaban los astros, se encontraba fuertemente protegido por hasta tres grandes empalizadas que rodeaban la aldea hasta el mar, siendo a través de éste el único modo de acceder. Habiéndose refugiado allí la élite guerrera de aquellos pueblos, y con el resto de la región sometida, Pomponio Livio tomó de terminación de sitiar y aislar la ciudad con el fin de forzar su rendición. Sin embargo, aquellos hombres eran duros y sólo tras varias lunas empezaron a sentirse los efectos del asedio. [...]

Acabó el gobierno de Pomponio Livio, y le sucedió en el cargo Marco Laetio, joven general favorecido por los dioses, pues al día siguiente de su ofrenda al tomar el cargo, Júpiter blandió sus rayos y llovió durante seis días y seis noches seguidos, provocando una riada tan formidable que derribó las fuertes empalizadas de Tessos y arrastró hacia el mar a muchos de sus habitantes, dejando la plaza a merced de la legión [...]

Una vez Marco Laetio fue nombrado procónsul, ordenó levantar un campamento sobre las ruinas de Tessos, debido a su excelente situación estratégica. Años más tarde, el descubrimiento de las minas de hierro que había en los montes cercanos, atrajo a multitud de artesanos y comerciantes. Se recuperó la actividad pesquera y a la muerte de Marco Laetio, Tesavia aceptaba sin reservas su sumisión a la República.

Cornelio Plicio. 88 A.C.

Tomado de “Obras Completas. Tomo II”

Ediciones Flor de Saber. 11ª Edición, 2000. Páginas 212-218



*Año 440 desde la fundación de Roma. El 313 AC según el calendario gregoriano (N. T.)

28 de diciembre de 2008

V.O.-From Hell

Desde el infierno, desde las profundidades soterradas del inconsciente, me observo. Desde el lugar donde todo se mezcla en una danza vertiginosa, donde las emociones dan forma a los pensamientos. Aquí. Aquí dentro. Donde la fe y el pecado se retuercen, me observo.

Qué duda cabe, no somos perfectos. Vomito desde un púlpito palabras que dejaron de significar hace tiempo. Predico en el desierto. Abajo, entre los bancos, nada importa, Dios ha muerto. Sólo quedan rituales vacíos, rituales sintéticos. Carne hecha pan y sangre hecha vino. Hubo un tiempo en que la carne era carne y la sangre, sangre, y el ritual, divino.

Hablamos de amor, hablamos de piedad y Cristo con su cruz se desangra en el altar. Desde la creación del hombre, el amor de Dios ha presidido sus días, dice ese otro que a veces soy yo y otras veces sólo un extraño. ¡Aleluya! Y pienso en el Dios de Abraham y de Lot, en el Dios de Adán y Noé. Y pienso en el Dios que envió a su hijo al matadero del mundo, para ver correr la sangre que habría de purgar nuestros pecados.

He ahí la cruel evidencia. La sangre es vida, la vida es pecado. Sólo la sangre derramada purifica. Dios nos enseñó a lavar con sangre nuestros pecados. Dios omnipotente y soberbio, Dios castigador al que sólo endulza ser alabado. Dios… ¡Oh, Dios! ¡Arranca de mi carne el pecado! Sé que es por mi culpa, por mi grandísima culpa. Dios… Yo soy culpable. Yo he pecado. Saca pues, Señor, la espada y el fuego y sáciate en el ritual de mi sangre. Dame, Señor… dame la paz.

Desde el infierno. Desde los confines de la culpa, me observo. Desde la llanura donde sólo existe el divino silencio, me observo. Donde la esperanza se confunde con el miedo.

He de suponer, sólo suponer, que el hombre sólo escucha ese silencio. No distingue la verdad entre el tormento. He de suponer que este burdo ritual, donde ni la carne ni la sangre se encarnan ni sangran de verdad, hace tiempo que dejó de servir a su función. Y los templos que se alzaron a más gloria, no de Dios, mas de su Iglesia, no le sirven al Señor.

Aceptemos pues, nuestros pecados. ¡Sálvanos, Señor! La vieja zorra pide perdón. Lavemos sus sábanas con sangre, espulguemos su colchón. Purguemos nuestro servicio a Dios.

El hombre ha perdido la fe en el hombre. Ni Dios mismo confía ya en Dios. Sólo el pecado, sólo el castigo. La sangre es el único camino de redención, la suerte oscura de vengador.

Podéis ir en paz.

23 de diciembre de 2008

Dry Martini

-Joder –dijo Justino-. Ya vuelve a llover.

Lucho sacudió la cabeza. Los ingleses tenían un dicho: “si no te gusta el tiempo en Inglaterra, espera 10 minutos”. También era aplicable a Tesavia. Odiaba y amaba a esa ciudad a partes iguales. No sabía por qué. Era elegante, antigua, orgullosa, y a la vez sucia, mezquina y depravada. Era como una puta encantadora a la que nunca le puedes dar la espalda por si te raja el cuello y se larga con la pasta. Era, en fin, Tesavia. Microcosmos. Sólo definible por sí misma.

Pasaron junto a la iglesia de Sagrado Socorro justo a la hora en la que daban las doce y los maricas empezaban a darse el lote en la penumbra de sus puertas.

-Pibe, ¿qué hago? ¿Llamo a Marcos? Es tarde.

-Da igual, Marcos siempre está disponible, no te preocupes.

Dio tres tonos. Marcos le contestó mientras Justino frenaba en seco para no arrollar a un repartidor de pizza.

-¡Tu reputísima madre! ¿Eh? No, no, Marcos, no era a vos. El hacker no abrió la boca. Lo hemos dejado que se lo piense hasta mañana, ¿sí?

Al otro lado del teléfono no hubo respuesta. Lucho podía oír la voz de Marcos hablando con alguien más. Sonaba preocupado.

-¿Marcos? ¿Pasó algo? ¿Marcos?

Doblaron por la avenida de la Constitución. Unos metros más allá el pizzero se había enzarzado a hostias con un taxista después de haberle arrancado la puerta del taxi de cuajo. Santo Dios, pensó Lucho, sólo en Tesavia.

-¡Marcos! –Finalmente contestaron al otro lado-. ¿Pasó qué? Joder… ¿Nos necesitás? ¿Seguro? Está bien, está bien. Mañana cuando acabemos con el hacker vamos para allá. Chao.

-¿Qué coño ha pasado?

-Vos no te lo vas a creer. Han secuestrado al jefe.

El chirrido de lo frenos resonó por toda la avenida. Incluso el taxista dejó de patearle el hígado al pizzero durante un segundo y miró a ver qué había pasado.

-¡Cagoendios, Justino! ¿Querés conducir con cuidado?

-¿Cómo que has secuestrado al Jefe? ¿A Claudio?

-Eso parece. Pero ya está solucionado. Mauricio se ocupa.

-¿Pero quién? ¿Por qué?

-¡Y yo qué sé boludo! ¿Vos te crees que se iban a molestar en contarme la película? Sólo me dijo “está todo solucionado, vení mañana cuando acabéis con el hacker”.

Justino se quedó mirándole, incrédulo. Su pequeña mente estaba acostumbrada a estructurar de forma piramidal la realidad. En su visión del mundo, la cima la ocupaba el Dios Claudio, inaccesible, ultraterreno. Debajo, moviéndose a una escala mucho más humana, estaba Marcos, debajo Mauricio, Lucho y él, y debajo el resto del mundo, sobre el que ellos pisaban. Pensar que algo malo había podido ocurrirle a la cima, hacía tambalearse toda su cosmología.

-Joder, joder, joder. Me cago en la puta. Necesito un trago.

-Venga pues, arrancá. Y conducí con cuidado. Sólo nos falta que nos pare la policía.

Lucho estuvo el resto del camino en silencio, sumido en sus pensamientos. Aquello cambiaba las cosas. No tenía ni idea de qué carajo había pasado, pero seguro que a partir de ahora las cosas se iban a poner duras de verdad. Fuera quien fuera el que lo había secuestrado, podía considerarse condenado a muerte. Conociendo un poco al jefe, seguro que ya estaba planeando su venganza. Quizá no fuera el momento de arriesgarse por un poco de pasta.

Y sin embargo ese informático cabrón, había sabido calarle muy bien, el hijo de puta. Treinta o cuarenta mil, había dicho. Eso era bastante tela. Y al fin y al cabo, nadie iba a salir perjudicado. El tipo nos da unos nombres falsos, se le suelta, y en quince días, cuando se comprueben los nombres falsos, se vuelve a ir a por él. Probablemente ni siquiera eso. Con el líder del grupo muerto, y el segundo de a bordo, aterrorizado, la organización está deshecha. Seguro que no vuelven ni a acercarse a una sucursal del Banco del Norte.

El Yellow Dog estaba bastante tranquilo. Sólo los habituales. Las chicas ni se acercaron. Ya sabían que para Justino la partida es sagrada, y ni siquiera el sexo se antepone a ello. Tendrían una oportunidad después, siempre que no le fuera muy mal. En cuanto a Lucho, la mayoría de ellas había desistido. Era guapo, joven, apuesto y totalmente indiferente a sus encantos. Algunas ya empezaban a insinuar que era marica, siempre por supuesto, a sus espaldas.

Los dos hombres se acodaron en la barra. Johnnie Walker para Justino, Dry Martini para Lucho. Le gustaba pensar que era lo que bebía James Bond, a pesar de que nunca lograba recordar si agitado o removido, pero maldita la falta que le hacía. A veces le gustaba imaginarse montado en uno de esos zeppelines, camino de Paris, o Roma o donde coño fueran, seduciendo a una femme fatale mientras bebía pequeños sorbos de su Martini.

Qué hostias. Lo iba a hacer. Y con la pasta iba a cumplir su sueño. O al menos uno de ellos. Uno de los pequeños, en cualquier caso. Daría un viaje en zeppelín, y se codearía con la gente guapa de la ciudad. Con los ricos a los que había tenido que aguantar tantas veces cuando llegó a Tesavia ocho años antes y tuvo que trabajar en el club de golf. Ahora podría montarse en uno de esos cacharros y mirarlos de igual a igual. Y decir. Sí, acá estoy. El muchacho de la cafetería del club. Y soy tan bueno como ustedes. Seduciría a sus hijas y a sus esposas y les humillaría en la mesa de juegos. Sí. Qué dulce y poética venganza…

Suspiró. Aquellos delirios de grandeza acabarían con él algún día. Pero la decisión estaba tomada. Necesitaba un poco de emoción en su vida. Y una pequeña traición era indiscutiblemente emocionante. Bueno, quizá la palabra no era emocionante, sino peligrosa, y quizá algún día podía ser la semana que viene, pero tanto daba. Había que quemar las naves, y en eso Lucho era un jodido experto.

-Joder, Justino. Hoy es martes.

-Miércoles. Son las doce y media.

-Le prometí a mi mamá que hoy la llamaba. Es su cumpleaños, ¿sabés?

-Bueno, pues llámala. ¿Qué hora es allí?

-No, prefiero irme a casa. Así llamo a mi hermano por internet y puedo hablar más rato y gratis.

-No jodas, Lucho, que hay partida.

-Jugála sin mí. Yo me voy a casa. Además mañana seguro que tenemos mucho laburo. Y yo le prometí a mi madre que la llamaba.

-Venga ya, que le den a tu madre. Llámala más tarde.

Lucho le miró fijamente con sus ojos verdes. Después en un rápido movimiento, agarró a Justino del cuello de la camisa y lo atrajo hacia sí.

-Escucháme bien, Justino. Como volvás a faltarle al respeto a mi madre te vuelo los huevos. ¿Entendiste?

Durante un segundo, Justino se perdió lo que había pasado por la sorpresa. Cuando su mente acabó de procesar los acontecimientos, miró hacia abajo, hacia la mano que le sostenía la pechera. Después miró al mentón de Lucho, y por último a sus ojos.

-Está bien… perdona, hombre. Tampoco te pongas así.

-Bien.

Una hora y dos partidas de mus más tarde, Justino tenía 200 euros menos y una dosis considerable de mala hostia corriéndole por las venas. Lucho no tenía ningún derecho a ponerse así, joder, y menos a dejarle allí colgado. Había tenido que hacer pareja con el subnormal de Jandro, que no era capaz de encontrarse el culo con un mapa. El puto argentino de los cojones. Hay que joderse. Son como los gallegos, cada poco les entra la puta morriña y hala, a llamar a casa a su puta mamaíta.

-¡Me cago en su puta madre! –Blasfemó cuando le jodieron un dúplex.

Su puta madre… se había metido con ella cientos de veces y… ¡Joder! ¡Se había cagado en ella cientos de veces y nunca había pasado nada! Pensó en Lucho, en su expresión cuando se le encaró. Le había visto enfadado muchas veces, y allí había tensión, pero no enfado, no había rabia. Le había mentido. El hijoputa. ¿Qué se traería entre manos?

21 de diciembre de 2008

Desmontando al Íncubo

Íncubo recuperó la consciencia. Tenía hambre y sed, malestar físico, desorientación…, no reconocía nada ni a nadie. Comenzó a sentir dolor físico agudo en el momento en que un puñetazo estalló contra su cara. Recompuso. Recordaba haber estado vagando tras haber matado a Víctor. Creía recordar haber sido consciente de ir a desmayarse. Puesto que le estaban pegando, parecía probable que fuesen los del Banco del Norte, a quien Víctor, a pesar de sus esfuerzos, debía de haber pasado algo de información. Pero no sabía cuál ni cuánta... Sus peores pesadillas se hacían realidad. Dolor, otro puñetazo. Abrió los ojos y escupió algo de sangre...

Quien le pegaba era un tipo algo mayor, vestido de traje, con cara de pocos amigos, más duro que el hielo.

–¡Eh, Lucho! Ya se despierta. Ya te lo dije. Nada como un par de hostias para revivir a cualquiera.

Íncubo miró a Lucho. Un tipo más joven, el aprendiz del otro seguramente, que inspiraba más confianza, bebiendo whisky, vestido más informal. En resumen, en aquellos momentos, por alguna de esas relaciones extrañas que hace el cerebro, deseó estar siendo pegado por Lucho en vez de por el otro...

–¿Querés una copa? –Le dijo Lucho al otro, con un suave acento argentino.
–Dame. Hay que reponer fuerzas– Dijo el mayor justo antes de asestarle un puñetazo a Íncubo.
–¡Je! Estás mayor para estas cosas…
–Eso dice mi mujer. Pero que os jodan a todos. Yo sólo me retiro con los pies por delante. Y tu, maricón, espabila, que no tenemos toda la noche.

Todo el contenido del vaso voló hasta la cara de Íncubo. Las heridas escocían. Trató de retirar todo el whisky que pudo de su cara frotándose contra los hombros y bebiendo lo que pudo. En ese momento pensó que había otra opción. En realidad no podría saber qué había ocurrido mientras aquel hombre tan amable no se lo dijera, o no fuera a casa de Víctor a registrar su ordenador. Cabía la posibilidad de que hubiesen encontrado el cadáver y le hubiesen hecho la autopsia, procedimiento normal en esas circunstancias. Las ratas de la prensa podían haberlo publicado ya, y aquellos matones podían haberle encontrado en las cercanías del teatro... De hecho era conveniente que se quitase toda aquella ropa y se lavase bien en cuanto consiguiese salir de allí. Ya se le ocurriría cómo. De momento procuraría tratar de hacer algo de tiempo...

–¿Qué…? ¿Qué queréis? ¿Quiénes sois?
–¿Quiénes sois? ¿Qué queréis? No te jode…–De nuevo un puñetazo se estrelló contra su cara.
–Aquí las preguntas las hago yo, ¡gilipollas!. Y si no me gusta tu respuesta te suelto dos hostias.
–Y si le gusta, sólo te suelta una- rió el argentino.

Mientras los hombres reían, Íncubo trató de pensar rápido. Aquel régimen no era para entretenerse...

– Vas a darme los nombres y las direcciones del resto del grupo.
– Y las claves del sistema de seguridad – dijo Lucho.

Si hombre, no tengo yo otra cosa que hacer... Bastantes problemas tengo ya, como para encima tener que estar rehaciendo el grupo..., pensó. Quizá no era buena idea mentir. Y no le quedaba más remedio que... seguir haciendo tiempo y aguantar los puñetazos hasta que se le ocurriese algo. Mientras solamente fuera eso...

–No sé de qué va esto. Creo que os habéis equiv…– Y el puño del hombre mayor le cerró la boca.
–Vale. Ya sabes qué clase de respuestas no me gustan. Prueba otra vez.
–En serio. No sé…- El español se dolió sacudiendo la mano.
– ¡Joder! ¡Coño! Qué daño. Tiene la cara dura, el cabrón.
–Dejame probar a mí, andá. Tomate vos un descanso, abuelo.
–Que te follen.

De acuerdo, pensó Íncubo mientras el tipo duro iba a por otro Whisky. ¿Hay alguna manera en la que pueda aprovecharme de esas peleas intergeneracionales? No era buena idea llamar “viejo” a quien le torturaba, pero quizá podía intentar ganarse la confianza del otro... al fin y al cabo era un chico joven que con un poco de suerte era inexperto y... Su idea se desvaneció cuando vio cómo sacaba una bolsa negra con bisturíes y toda esa clase de objetos punzantes que uno reza por mantener siempre lejos de su cuerpo. "Madre de Dios, como para confiar en este tío..."

–¿Sabés? Vi el trabajo que hiciste en el teatro. No estuvo mal. Demasiado apasionado, quizá. Un poco sucio. Pero no estuvo mal.

Con un bisturí acariciándole las mejillas, cerca de los ojos, no era fácil pensar. El corazón le latía con mucha fuerza, tanta que notaba cada pulso en varias partes de su cuerpo. Aquel hijo de puta podía marcarle la cara para siempre, o hacerle cosas aún peores. Aquello no era lo más deseable en su caso. Recordó a Clara. Tenía que ir a verla lo antes posible... pobre Clara... debía estar allí, preguntándose dónde estaría, desolada. O quizá simplemente estaba durmiendo, pero era urgente ir a verla.

–No me obligués a sacarte un ojo. En el fondo, vos me caés bien. Al fin y al cabo a los dos nos gusta matar hijos de puta uruguayos.

–Yo…–Dijo mientras pensaba si aquello podía ser un vínculo de unión con el tipo... Seguramente no.
–Shhh… Mirá, sabemos quién sos. Sabemos con quién andás. No te conviene fingir que no sabés nada.

Pensó que, quizá, lo que le había llevado a esa situación era una mezcla de sus dos opciones... Víctor les había dado información y los periodistas habían publicado la noticia... Pero en realidad, si Víctor les había dado información, no entendía por qué iban a querer torturarle para sacarle una información que en teoría ya tenían... Íncubo concluyó que aquello era un farol, y que no podían tener la información. Había llegado a tiempo de evitar que Víctor les dijera nada. Deseó que sus conclusiones fuesen correctas. Dependiendo del nivel de sadismo de aquellos hombres, podían incluso conocer la información y estarle torturando por el placer de hacerlo. Un escalofrío le recorrió la espalda... Deseó con todas sus fuerzas que fuese la primera opción y decidió ir de farol, y si no colaba, tendría que hacer uso de sus capacidades...

–Eh… está bien.
–Está bien. ¿Oíste Justino? Está bien. Va a colaborar.
–Más le vale. No tengo toda la puta noche. Venga, danos los nombre del resto de la banda.

"Si no tienes toda la puta noche, ¿Por qué no te vas? ¡Gilipollas!" Íncubo empezó a dudar de sus posibilidades. Justino seguramente llevaba toda la vida en el oficio, y se las sabía todas. Pero Lucho… bueno, parecía que con él podría ser más sencillo, parecía más dispuesto a creerle... Había, quizá, una posibilidad de salir de allí vivo, sin cicatrices, y puede que con algún amigo más. O en el peor de los casos sólo un lastre más. Más tranquilo procedió al farol.

–Mira, ya me tenéis a mí. No os hace falta nadie más. Yo… yo soy el jefe. Decidme qué queréis de nosotros y yo lo haré. El resto son solo unos idiotas. No… no pintan nada, -dijo mientras se la escapaba sangre por la boca según hablaba, con bastante dificultad por la hinchazón.
–Uh… –Tras un gesto desaprobatorio, Íncubo vio que su farol no había colado. No eran unos matones estúpidos. –Con lo bien que íbamos, amigo mío, y ahora me tomás por un gilipollas. ¡Justino!

“Está bien, órdago a la grande”. Tendría que llevar a cabo su plan con los dos a la vez, lo cual complicaba considerablemente las cosas y duplicaba las posibilidades de que no saliera bien, o de que se volviese contra él.

–Vamos a ver compañero, porque parece que no te enteras. Nos vas a decir lo que queremos sí o sí. –Esta vez parecía que el hombre mayor estaba enfadado de verdad. Cuando sacó su pistola Íncubo se asustó. A los puñetazos era razonablemente posible sobrevivir, al bisturí, algo menos razonablemente posible, pero también... y a la pistola... si de veras tenían la intención de usarla, ya podía empezar a encomendarse al diablo. Había tenido la oportunidad de comprobar lo fácil que era matar a otra persona. El débil hilo de cordura que aún unía a Íncubo con la realidad, estuvo a punto de romperse cuando el hombre puso la pistola entre sus piernas, y disparó dejando un agujero en la silla muy cerca de aquella zona tan delicada.

El silencio que siguió al disparo fue atroz, pero a pesar de estar aterrorizado, hiperventilando y padeciendo aún los efectos secundarios de la droga, Íncubo aún pudo ser consciente de que un fuerte ruido fuera había sobresaltado a los dos hombres.

Cuando Lucho hizo un gesto a Justino para que saliera, Íncubo vió el cielo abierto. Era perfecto. Y posiblemente su última oportunidad.

–Más vale que empecés a hablar. No querrás que todo lo que quede de vos sea una mancha de sangre en la alfombra. –Dijo el argentino mientras señalaba a un cerco sanguinolento. Vaya, aquel sí que era un argumento vehemente.
–E… escucha. Puedo… yo… puedo comprar cara mi libertad. Tú líbrate de él y saldrás ganando. Todos saldremos ganando.

Ante la reacción de incredulidad de Lucho, pensó que todo estaba perdido, no le había tomado en serio. Sin embargo, poco después sonrió. Era una sonrisa franca y amable, pero a la vez tremendamente desconcertante y agresiva. Íncubo empezó a pensar que quizá Lucho no fuera tan novato en la profesión.

–Yo soy hacker, ¿vale? Puedo… puedo meterme en bancos y sitios así y conseguir pasta. Mu… mucha pasta, ¿sí? Puedes poner precio, y yo puedo conseguírtelo.

Ya puestos, esa parecía ser la semana de mandar al carajo la poca ética que aún le quedaba. Estaba dispuesto a matar, a robar a inocentes y habría que ver a cuántas cosas más por salvar su culo. Y el del grupo, intentó autojustificarse. Respiró, y se tranquilizó. La sonrisa de Lucho no se había movido un milímetro. "¿Qué quiere decir esa sonrisa? ¿Le parece bien la propuesta? o..." Íncubo ya no sabía a qué agarrarse, así que decidió seguir adelante.

–Yo… mira, sólo necesito un ordenador y una conexión a Internet.– Continuó –Y… y algunas horas. Pu… puedo conseguirte, no sé, en una noche… treinta, cuarenta mil. Podemos negociar un precio...
–Pelotudo…

La risa de Lucho resonó en la habitación. ¿Qué coño significaba aquello? Empezó a pensar que quizá no había sido tan buena idea intentar jugar esa baza. Para colmo, el otro regresó.

–Ahí fuera no hay nada. Habrán sido los gatos. ¿Esa puta ha dicho algo?
– Nada.
–Me cago en Dios… –Cuando Justino sacó su pistola de nuevo, Lucho trató de tranquilizarle. ¿Habría funcionado? ¿Significaría eso que Lucho aceptaba?
–Dejálo Justino. Vamos a la partida del Yellow Dog. Quizá vea las cosas distintas mañana por la mañana.
–No jodas, no quiero madrugar.
–Abuelo… -Justino le lanzó una mirada asesina.
–Tu puta madre.

En cuanto salieron por la puerta, Íncubo se sintió más tranquilo. Creía que había funcionado… o quizá no, pero en cualquier caso, estaría toda la noche a salvo de nuevas hostias, y había ganado tiempo para pensar cómo coño salir de esta. Dios santo, cuánto le dolía todo…

15 de diciembre de 2008

Cristales

Un ruido despertó a Ariadna. Como de cristales rotos. Trató de dormir un poco más. Estaba cansada tras aquel viaje, y aquellos días.

Cinco minutos después irrumpió en la habitación una de las empleadas de la casa.
–Señora, levante y venga ahora mismo a ver qué ha pasado.

Ariadna que estaba intentando despertarse del todo se levantó y fue en pijama hasta el cuarto de baño. Un charco de sangre lo cubría todo. Y allí estaba Simone, agonizando. Debía de haberle dado un mareo y se había caído con tan mala fortuna de que fue a caer sobre la mampara. Un peso muerto de 60 kilos la había roto. El resultado final era evidente.

Llamaron a la ambulancia, hicieron todo lo que estuvo en su mano pero la cosa no tenía remedio. La ambulancia iba a tardar demasiado en llegar.

Parecía como si de pronto, de la manera más estúpida e inesperada, toda su buena suerte se hubiera truncado. Todo lo estaba saliendo de maravilla. Y ahora de repente... la llave de todas sus posibilidades desaparecía. ¿Qué coño iba a hacer ahora? ¿Renunciar al dinero? ¿Iba a ser perseguida por los mafiosos del Banco del Norte para no conseguir nada? ¡Qué desastre! Veía que lo más probable es que Mallarmé no hubiera añadido nada sobre ella en su testamento. No sabía si tenía o no tenía hijos. Tendría que enterarse de todo aquello para ver cómo demonios gestionar su dinero. Y la pobre señora... ahora que ya tenía por fin su negocio en sus manos completamente y podía hacer de él lo que quisiera, y tenía que venir la señora de la guadaña a segarle la vida... Así de injusta era la vida algunas veces. No tenía sentido el referirse a la vida como justa o injusta, pero los humanos muchas veces hacían cosas sin demasiado sentido.

9 de diciembre de 2008

El gigante dormido

La energía del renacido Claudio se extinguió con la misma premura con que la noticia había sido comunicada. Ni siquiera la esposa de Marcos lo sabía aun.
El aire de la habitación pareció detenerse. A través de las dos grandes ventanas, el tímido sol de aquel otoñal día acariciaba la cama aun sin hacer. Las sábanas arrugadas compartían palidez con el edredón.
En la mesilla de Claudio, el último libro de aquel famoso novelista. A su lado, un precioso reloj antiguo de sobremesa enmarcado en una carroza de porcelana y oro tirada por tres parejas de soberbios corceles. Las manecillas estaban borrosas, porque para los ojos de Claudio, el tiempo se había parado.
El traje del día anterior había sido cuidadósamente colocado sobre el galán de noche, seguramente por alguna de las criadas. La chaqueta tenía un par de manchas, posiblemente de té o algo por el estilo. Nada importante.
La puerta del baño estaba entreabierta, y la luz encendida. El perfume de Adeline escapaba desde el interior, y se mezclaba con el olor ocre de la habitación, aun sin ventilar. Ahora Claudio la necesitaba. Deseaba caer en sus brazos como un cachorro desvalido, como alguien que renuncia siquiera a intentar hacer nada, porque tiene miedo de lo que pueda pasar.
Siempre en guardia, Claudio nunca había tenido tiempo para la duda. Ahora, las piernas temblaban mientras el teléfono colgaba inerte de su mano. El peso que soportaba se volvió de repente demasiado grande, y le obligó a arrodillarse. Las primeras lágrimas que recordaba haber derramado desde la infancia acudieron a sus mejillas. No había llorado cuando murió su padre en un desafortunado accidente de tráfico. Ni siquiera cuando su madre dejó de respirar plácidamente en su cama de la vieja casa de los Vega en las afueras de Tesavia. Y ahora, en el fondo, no lloraba por Marcos, sino por todo aquello por lo que nunca había llorado.
Arrastrando sus rodillas, se acercó a la puerta de la habitación y la empujó. Se cerró lastimosa, lenta. Cuando el inconfundible sonido del pestillo llegó a los oídos de Claudio, éste arrojó con furia el teléfono contra el suelo, y ocultó su rostro en las manos frías. Sollozó, y los gemidos del gigante no pudieron competir con los trinos de los jilgueros. Lloró, pero se secó la cara antes de saborear el salado de su llanto.
Demasiado peso. Demasiado grande. El retrato de Claudio Vega debía estar ajado, agrietado, roto. La culpa, que hasta entonces no acudía casi nunca, llamó a su puerta. Claudio se negaba a abrir, pero en su interior, sabía que no tenía justificación. Marcos había muerto porque no pudo soportar la tensión. Y eso era culpa del gigante.
Solo que el gigante, hoy, aun seguía en la cama. Claudio Vega volvía a ser el niño que rompía los zapatos de Domingo, pero se sentía culpable por ello.

6 de diciembre de 2008

Rueda de Prensa









Excmo. Ayuntamiento
de Tesavia


COMUNICADO DE PRENSA


Tesavia, a 25 de Septiembre de 2008



El Excmo. Ayuntamiento de Tesavia y su Ilustre Alcalde Don Antonio Castro


Tienen el gusto de invitar a los Medios de Comunicación a la presentación oficial del nuevo proyecto arquitectónico del Centro Comercial Tessos, con futuro emplazamiento la Plaza de los Caídos.

Tal evento tendrá lugar en la Sala Noble del Ayuntamiento el día 28 de septiembre de 2008 a las 11:30 horas.

La presentación del proyecto correrá a cargo del Ilustre Alcalde de Tesavia, del promotor Don Claudio Vega, y del arquitecto Don Ernesto de la Fuente.



Reciban un cordial saludo.


Asunción Duque

Gabinete de Comunicación y Protocolo

Excmo. Ayuntamiento de Tesavia

Tfno: +76 039 7923

Correo Electrónico: comunicacion@aytotesavia.com

28 de noviembre de 2008

Kerbala - Tesavia

Tesavia despertaba mientras la brisa del norte refrescaba suavemente la ciudad. Era una mañana fría, la primera de verano. Las hogueras ya se habían apagado y sólo algunos irreductibles seguían tratando de divertirse por las calles. Por lo demás, era un día como otro cualquiera. Los perros meaban en las esquinas, las ratas correteaban cerca de los almacenes de pescado, los madrugadores madrugaban, los trasnochadores trasnochaban, los ladrones robaban, los asesinos asesinaban y los habitantes de la urbe, en general, dormían plácidamente en sus camas. Un día normal, vaya.
Tan normal como todos, pensó Aguirre mientras se duchaba. Había pasado la noche intentando dormir para esquivar los recuerdos, e intentando despertarse para evitar las pesadillas. Una noche como tantas.
Tres años atrás, en un mercado de Kerbala, salvó el culo de chiripa. Estaba por allí haciendo fotos a los niños que usaban las lechugas podridas como balones de fútbol, y entonces lo oyó. Lo había oído muchas veces, pero nunca así, nunca en ese tono. ¡Alá Akbar!. Un grito desesperado, de esos que te congelan la sangre en las venas. Y luego todo explotó. Él estaba tras una furgoneta que paró la mayor parte de la onda expansiva y salió ileso. Pero no pasó lo mismo con otras 12 personas, entre los que se contaba uno de los muchachos que jugaban con la lechuga, al que la explosión había arrojado sin piernas y con el torso prácticamente carbonizado contra el capó de un coche.
Aquel muchacho le miraba, perdido, desorientado, le miraba desesperado pidiendo que alguien le explicara qué había pasado. Y entonces él, sin pensarlo, cogió su cámara y sacó una foto. Aquel día, Aguirre había aprendido una valiosa lección sobre sí mismo. Ganó algunos premios y varios miles de dólares con esa foto. Y supo que ya nunca volvería a dormir tranquilo.
Aquella mirada vacía, le perseguía como un fantasma. Y en lo más oscuro de las noches, todavía sentía el nauseabundo olor a carne quemada bloqueando sus sentidos.
Después de aquello, pasó tres días recluido en el hotel, sin salir. Los compañeros que le visitaban le encontraron sentado en la cama, con la mirada perdida, incapaz de articular palabra. Nadie volvió a mencionar nunca aquello. Igual que nadie nunca mencionaba que desde entonces Aguirre se había vuelto un hijo de puta sin ética capaz de cualquier cosa por una buena foto. Pero ya había vendido su alma en Kerbala, así que tanto daba.

El metro traqueteaba con el primer viaje de la mañana. El vagón estaba infestado de yonkis, putas, chulos y en general, la clase de gente capaz colarte 10 centímetros de acero inoxidable entre el hígado y el pulmón sin pensárselo demasiado. Era casi como estar en casa. Echaba de menos la guerra. Tarde o temprano, uno termina por añorar hasta lo más inverosímil. Echaba de menos Faluya, o Bagdad, donde el sonido de las balas arrulla tus sueños. En cambio aquí, la mierda era la misma, pero prefabricada y bien envuelta, para que no se note que es mierda. Echaba de menos los lugares en los que la gente vivía y moría por algo. Quizá fuera algo equivocado, pero dotaba a la existencia de sentido.
La vida era un asco. Y sin poder fumar más.
Bajó en Liadov y se encendió un cigarrillo. Necesitaría un carajillo para que el mundo volviera a enfocarse, pero de momento el cigarrillo ayudaba a soportar la idea de tener que vivir otra mierda de día.
Las calles tras el teatro eran estrechas y antiguas, repletas de bares ya cerrados. Aguirre se encaminó por una de ellas hacia arriba, hacia el parque del castillo, lugar emblemático de la ciudad, donde ya no había ni parque ni castillo, sino una plazuela cutre y medio abandonada por el ayuntamiento donde florecía el negocio de la prostitución de bajo standing. Ya casi arriba, vio varios coches de policía, y un cordón policial que cerraba toda la plaza.
Un novato imberbe vino a cerrarle el paso.
-Lo siento, no se puede pasar.
-Lo sé. Soy periodista –dijo mostrando durante una fracción de segundo una acreditación falsa-. ¿Han levantado ya el cadáver?
-Lo siento no puedo…-empezó el novato. Aguirre suspiró, hastiado.
-¿Puede avisar al inspector Reyes, por favor? Es mi amigo.